Pobrecita

-          ¿Es soltera?  Nunca se ha casado.

 

Yo en cambio, sí me casé. Contraje matrimonio a los 23 años con mi amor de juventud y  tuvimos dos hijas.

 

No, ya no vive conmigo. Mi marido me abandonó a los 3 años de casados, según él porque yo no me dedicaba a la cocina como su mamá, ni lo atendía como ella lo hacía. Esto sí es cierto, yo no cocino muy bien, pero su mamá estaba lejos de ser la madre abnegada qué él describía.

 

Acostumbrábamos a ir a comer a la casa de mi suegra todos los domingos, después de misa. La mesa ya estaba puesta para cuándo llegábamos, por lo que se suponía que la comida había sido preparado en casa y por supuesto por mi suegra.  Mi esposo se sentaba en la cabecera y quien estaba al pendiente era una tía soltera, que no le había quedado de otra que convertirse en dama de compañía, asistente, paño de lágrimas, enfermera, punching bag de mi suegra. Ella fue la que me dijo que la comida no era hecha en casa. Salía muy temprano a comprarla en el mercado, de esos que se instalan en los barrios antiguos de la Ciudad de México una vez a la semana.

 

Sí, mi suegra se metía en la cocina y atendía a su hijito, pero solo para preparar café y servirlo personalmente al finalizar la comida. Tenía la virtud de parecer que hacía mucho. Los gabinetes de la cocina se abrían y se cerraban más veces que la cantidad de platos, tazas y cucharas que se utilizaban, lo mismo sucedía con la puerta abatible que dividía el comedor de la cocina.  Ese día, como el resto de los días de la semana me tocaba lavar los platos, los cuáles nunca quedaron lo suficientemente limpios para complacer a la tía y mucho menos a mi suegra.

 

Ya que pregunta, tengo que reconocer que el café le quedaba delicioso y no por la buena mano de mi suegra, sino porque se lo traían directito de la zona cafetalera de Oaxaca, de donde son originarios.

 

-          ¿Al menos algún hijo tendrá? Tampoco.

 

Durante los años que estuve casada fui bendecida con dos hijas.  La primera nació al año de casada y todavía no había aprendido a caminar, cuando ya estaba embarazada de la segunda.  Estaba abrumada.

 

Una vecina, de esas que están al tanto de todo lo que ocurre en el barrio, me ayudaba a preparar la cena. Acostumbraba deleitarnos con comida típica mexicana, aprovechando lo que había aprendido en un restaurante de moda en el que había trabajado como cocinera. Un buen día mi esposo fue a la casa de la vecina a devolver unos sartenes que me había prestado. Ya no regresó.

 

Así es, por eso estoy aquí. Tuve que aceptar este trabajo pese a que me toma dos horas de camino, con un jefe que nos tiene aquí hasta muy tarde y que como muchos, es un machista. Para colmo, tenemos que hacerle buena cara tanto a la novia como a la hermana de la novia, quienes se incorporaron recientemente a trabajar en la empresa.

 

-          ¿Vive con su mamá? Vive sola.   

 

Eso de vivir sola no es para mí. Antes de casarme vivía con mis papás y era divertido compartir recamara con mis dos hermanas. Conforme fuimos creciendo nos empezamos a estorbar. El closet estaba abarrotado de prendas de las tres y encontrar qué ponerse en las mañanas, era como buscar una aguja en un pajar. Se requería escarbar entre zapatos multicolores, retirar capas de ropa de los ganchos y cuidarse de no quedar atrapada por decenas de collares, pañoletas y cintos.

 

De dormir hasta tarde los fines de semana ni hablar, ya que una de mis hermanas consiguió un trabajo en una panadería y tenía que salir a las cinco de la mañana. Desde que mi hermana la más pequeña le dio por tejer bufandas hasta altas horas de la noche, para ganarse un dinerito extra, dormirse temprano tampoco era tan fácil.

 

Cuando me casé, me mudé a un departamento con mi nuevo esposo. Nunca nos faltó la visita de su madre o sus familiares de Oaxaca. Una vez llegaron a casa cinco primos a pagar una manda en la Basílica de Guadalupe. Como los viajes ilustran, los primos decidieron quedarse a recorrer la ciudad también, comenzando y terminando en la plaza Garibaldi. Sus experiencias culturales se centraron en los mariachis y el tequila.  A uno de los primos se lo llevaron a la Delegación, acusado de daños al patrimonio histórico. Lo pescaron lanzándole piedras al monumento al mariachi que se encuentra en la plaza. Les dijo a los policías que ese músico lo estaba insultando y amenazando, de ahí su reacción. Mi esposo tuvo que pedir prestado para pagar la multa y para comprar cinco boletos de camión a Oaxaca.

 

No, nunca nos pagaron ese dinero. No importa, no se fije en esos detalles. Pobrecita, lo importante es que logre casarse como yo.

 

 

© María D Gómez, 2013


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